La princesa prometida

Esgrima. Lucha. Torturas. Venenos. Amor verdadero. Odio.

Venganzas. Gigantes. Cazadores. Hombres malos. Hombres buenos. Las damas más hermosas. Serpientes. Arañas. Bestias de todas clases y aspectos. Dolor. Muerte. Valientes. Cobardes. Forzudos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasión. Milagros.

¿Os suena? Mucha gente conoce esta película; de hecho, se dice que es mítica, que poco a poco ha conseguido convertirse en un pequeño clásico...Y se puede afirmar que yo estoy de acuerdo. Pero, ¿hoy día podría suceder algo así? La película, así como la novela en la que se basa, es todo un homenaje a las novelas de aventuras de toda la vida, así como al cine, también de aventuras, de los años 50. Destila humor, ironía y nostalgia por los cuatro costados y, si hubiera que elegir una escena que resumiera el espíritu de la película y dar así un ejemplo a quien, por alguna extraña razón, no la haya visto esa sería la escena de Vizzini y el Enmascarado:



Pero, volviendo al principio, ¿hoy en día se leen este tipo de novelas de aventuras? Me parece que, aparte de una pequeña minoría, cada vez menos. Es por eso que creo que pocos podrán ir añadiéndose en el futuro a la lista de fans. No creo que se disfruten los guiños irónicos a historias de espadachines, piratas, héroes enmascarados, venganzas... Simplemente porque en su día no se emocionaron con este tipo de historias. No entenderán, por ejemplo, el gran guiño que es la historia de Íñigo Montoya, con su laaarga venganza, a este tipo de novelas (El Conde de Montecristo, El Corsario Negro, 20.000 leguas de viaje submarino,...), no se emocionarán igual con su duelo final si no vieron películas de aventuras de capa y espada (Scaramouche, Los Tres Mosqueteros, el Prisionero de Zenda,...):



Pero quizás no todo está perdido. Quizás si leen la fuente original... Porque si a alguien le gustó la película, sin duda alguna debe leer la novela y, si la película le parece que envejeció mal, sin duda la novela no ha envejecido ni en una coma. Hagamos la prueba. Pongamos un poco de música para los nostálgicos y... leamos un fragmento.
El año en que Buttercup nació, una criada de cocina francesa llamada Annette era la mujer más hermosa del mundo. Annette trabajaba en París para los duques de Guiche y no había escapado a la atención del duque que una mujer de una belleza fuera de lo común le sacara brillo al peltre. El interés del duque tampoco pasó inadvertido a la duquesa, que no era ni muy hermosa ni muy rica, pero sí muy lista. La duquesa se dispuso a estudiar a Annette y al cabo de no mucho tiempo descubrió la trágica debilidad de su adversaria.

El chocolate.

Dotada ya de armas, la duquesa puso manos a la obra. El palacio de Guiche se convirtió en un castillo de caramelo. Dondequiera que posara uno la vista encontraba bombones. En las salas había montones de caramelos de menta recubiertos de chocolate; en los salones, cestas de turrones también de chocolate. Annette estaba perdida. Al promediar la estación, de delicada se convirtió en colosal y el duque no volvió a mirarla sin que una triste estupefacción le nublara la vista. (Hay que señalar que, a lo largo de su proceso de ensanchamiento, Annette parecía más alegre. Con el tiempo, acabó casándose con el chef de pasteleros; los dos comieron muchísimo hasta que la edad avanzada los reclamó. Hay que señalar también que las cosas no fueron tan felices para la duquesa. El duque, por motivos que desafían toda comprensión, quedó prendado de su propia suegra, lo cual le provocó úlceras a la duquesa, sólo que por aquella época todavía no se conocían las úlceras. Para ser más exactos, las úlceras existían, la gente las padecía, pero no se llamaban así. En aquellos tiempos, la profesión médica las denominaba «dolores de estómago» y se creía que la mejor medicina era tomar café con unas gotas de coñac dos veces al día hasta que los dolores remitían. La duquesa se tomaba su mezcla con fe, y mientras los años pasaban observaba cómo a sus espaldas su marido y su madre se lanzaban besos. No debe sorprender a nadie, pues, que el mal humor de la duquesa fuera legendario, tal como Voltaire lo refirió de forma tan competente. Sólo que esto ocurrió antes de Voltaire.)

Cuando Buttercup cumplió diez años, la mujer más hermosa vivía en Bengala y era hija de un próspero mercader de té. La muchacha se llamaba Aluthra, y su piel tenía un tono moreno tan perfecto que hacía ochenta años que no se veía en la India. (En toda la India sólo ha habido once cutis perfectos desde que comenzara a llevarse un registro detallado.) Aluthra acababa de cumplir diecinueve años cuando la plaga de viruela se abatió sobre Bengala. La muchacha sobrevivió, aunque no su piel.

Cuando Buttercup cumplió los quince, Adela Terrell, de Sussex on the Thames, era, con mucho, la criatura más hermosa. Adela tenía veinte años, y hasta aquel momento le llevaba tanta ventaja al resto del mundo que era casi seguro que sería la más hermosa por muchos, muchos años. Pero un buen día, uno de sus pretendientes (tendría unos ciento cuatro) aseguró que Adela debía de ser sin lugar a dudas el ser más ideal jamás engendrado. Esa noche, a solas en su alcoba, se examinó poro a poro en el espejo. (Esto fue después de que inventaran los espejos.) La inspección le llevó casi hasta el amanecer, pero para entonces ya tenía claro que el joven había emitido una apreciación más que correcta: era perfecta, aunque ella no había tenido nada que ver en eso. Mientras se paseaba por la rosaleda familiar y contemplaba cómo salía el sol, se sintió más feliz que nunca. «No sólo soy perfecta —se dijo—, sino que probablemente seré la primera persona perfecta de toda la historia del universo. No hay ninguna parte de mí que pueda mejorarse. ¡Qué afortunada soy de ser perfecta y rica y pretendida y sensible y joven y...!»

¿Joven?

La bruma comenzaba a disiparse cuando Adela se puso a meditar. «Está claro que siempre seré sensible —pensó—, y que siempre seré rica, pero no sé qué haré para mantenerme siempre joven. Y cuando no sea joven, ¿cómo podré seguir siendo perfecta? Y si no soy perfecta, pues... ¿qué me quedará? ¿Qué?» Adela frunció el ceño mientras cavilaba desesperadamente. Era la primera vez en la vida que se veía obligada a fruncir el ceño, y cuando cayó en la cuenta de lo que acababa de hacer, se quedó sin aliento, horrorizada ante la idea de haberse estropeado, quizá para siempre, la hermosa frente. Se precipitó otra vez delante del espejo y se pasó la mañana ante él, y aunque logró convencerse de que continuaba siendo casi tan perfecta como de costumbre, no cabía ninguna duda de que ya no era tan feliz como antes. La preocupación había comenzado. Dos semanas más tarde aparecieron las primeras marcas; las primeras arrugas tardaron un mes y antes de que promediara el año las tenía a montones. Se casó al poco tiempo con el mismo hombre que la tildara de sublime, y durante muchos años le dio una vida infernal.

Obviamente, a los quince años, Buttercup no tenía ni idea de todo esto. Y si la hubiera tenido, le habría resultado completamente incomprensible. ¿Cómo podía importarle a alguien si era o no la mujer más hermosa del mundo? ¿Qué diferencia podía existir si sólo se era la tercera mujer más hermosa? O la sexta. (Por aquella época, Buttercup no llegaba a ocupar posiciones tan elevadas, y apenas se encontraba entre las veinte principales, y eso si sólo se tenía en cuenta su potencial, y no las atenciones especiales que le dedicaba a su propia persona. Detestaba lavarse la cara, especialmente la zona de detrás de las orejas, y estaba harta de peinarse y lo hacía lo menos posible. Lo que le gustaba hacer en realidad, lo que prefería por encima de cualquier otra cosa, era montar su caballo y burlarse del mozo de labranza.) El caballo se llamaba Caballo (Buttercup nunca tuvo una imaginación desbordante) y acudía a su llamada, iba a donde ella lo dirigiese, hacía todo lo que ella le mandaba. El mozo de labranza también hacía lo que ella le mandaba. Era ya un muchacho, pero había comenzado a trabajar para el padre de Buttercup al quedar huérfano a temprana edad, y ella siempre se había dirigido a él del mismo modo. «Muchacho, alcánzame eso»; «Acércame aquello, muchacho..., date prisa, holgazán, muévete o se lo diré a mi padre.»

«Como desees.»

Leer el primer capítulo completo.

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